II/ cap. 6
II/ cap. 7
Prologos, conclusiones
[244]
Desde el momento en que , apenas terminadas las hostilidades, fue revelada al mundo la existencia de los campos alemanes de concentración - par otra parte, al mismo tiempo que al pueblo alemán - no hubo más que un grito: nunca se había visto esto y era necesario un genio tan demoníaco como el de Alemania para inventarlo. Nadie observó en aquel momento que los que gritaban más fuerte eran los comunistas. Y como los comunistas añadían que se habían comportado en ellos lo mejor posible, que gracias a ellos muchas personas destinadas al exterminio se habían salvado de una muerte horrorosa, todo el mundo cedió a su voluntad excepto algunas personas de carácter. La gente les creyó tanto más fácilmente porque habían encontrado dos escritores de talento, si no de una indiscutible probidad, para responder por ellos: David Rousset en Francia y Eugen Kogon en Alemania.
Con el tiempo, si las cosas no volvieron del todo a su orden normal, al menos la verdad salió poco a poco a la luz.
Los historiadores, asombrados momentáneamente por la versión comunista, aunque no se atrevieron a decir nada al estar los comunistas en el poder en la mayoría de los países de la Europa occidental, empezaron a escribir que Alemania no había inventado los campos de concentración, que los ingleses los habían utilizado contra los boers en Africa a fines del pasado siglo, que los franceses habían encerrado en ellos a los españoles en 1938,
[245] que los rusos los empleaban desde 1927 y retenían en ellos hasta 20 millones de personas, etc. En una palabra, que todos los países del mundo habían empleado esta institución en un período u otro de su historia, v que cada vez se habían podido comprobar en ellos los mismos horrores que en los campos de concentración alemanes, cualquiera que fuese la forma de gobierno.
Para mí estaba clara la maniobra de los comunistas: poniendo el acento sobre los campos alemanes, pensaban entretener y desviar la atención del mundo de los 20 millones de personas que ellos guardaban en sus propios campos, y a las cuales imponían unas condiciones de vida de las que los testimonios publicados hoy por algunos supervivientes (Margareth Buber-Neumann, especialmente) han probado ampliamente que eran peores todavía que las que nosotros conocimos en los campos alemanes. Además, al cultivar el horror apoyándose en David Rousset y Eugen Kogon, los comunistas, cuyo tema central era: «Nunca olvidéis esto» (1), querían mantener a las potencias occidentales en estado de división, y, más especialmente, impedir toda reconciliación entre Francia y Alemania, pilares de la unión general.
Solamente hoy, uno se da cuenta de que en este último punto han conseguido su propósito, y se empieza a comprender que no les ha ayudado poco su tesis sobre los campos alemanes de concentración. En lo relativo al horror inherente a los campos de concentración, en cualquier país y bajo cualquier gobierno, es la misma Francia la que aporta el testimonio más significativo: en julio de 1959, mientras hacía un reportaje en Argelia, el periodista francés Pierre Macaigne, de Le Figaro, tuvo ocasión de visitar el campo de concentración de Bessombourg, donde veía a millares de personas en el mismo estado de salud que era el nuestro cuando salimos de los campos alemanes. El informe de la Cruz Roja internacional publicado en 1959, asegura por otra parte que en Argelia hay «más de cien campos» como aquél, con un total de 1.500.000 personas detenidas, o sea 1/6 de la población...
Quedando establecido este punto, no es indiferente el entrar en el detalle y ofrecer algunos ejemplos de «verdades» reveladas
[246] por los comunistas, admitidas ayer por una opinión crédula y de las cúales se puede decir hoy que eran desvergonzadas mentiras.
Pues los comunistas no han abandonado sus proyectos: el cultivo del horror - de un horror en el que tienen su buena parte, ya que ellos mismos administraban los campos alemanes de concentración y mandaban en todo - habiendo servido tan admirablemente a sus designios políticos, intentan mantenerlo publicando de vez en cuando lo que ellos llaman en un delicioso eufemismo, un testimonio. Se sabe, ciertamente, que viniendo del otro lado del telón de acero, todos estos «testimonios» infunden la sospecha de haber sida fabricados por las necesidades de la causa. Pero la propaganda comunista está tan bien hecha, los tiene traducidos en todas las lenguas y tan abundantemente propagados en la Europa occidental, que los espíritus no prevenidos que a pesar de todo son la mayoría, pueden dejarse engañar. Aun cuando este trabajo resulta fastidioso, se hace necesario el examinarlos minuciosamente para poner en evidencia el engaño. En 1953, tuvimos S.S.-Obersturmführer Dr. Mengele, por el comunista húngaro Nyiszli Miklos, y hoy tenemos Der Kommandant van Auschwitz spricht que pretende ser una confesión redactada en la cárcel por Rudolf Höss, en los días que precedieron a su ejecución en Cracovia el 7 de abril de 1947.
Ambos «testimonios» se refieren a Auschwitz-Birkenau, y han sido publicados para probar que la mayoría de los internados, y más especialrnente los judíos, fueron exterminados sistemáticamente por medio de las cámaras de gas. Estoy satisfecho de poderlos confrontar hoy, pues la contradicción existente entre el primero y el segundo confirma más allá de toda esperanza la tesis que sobre este punto sostengo en La mentira de Ulises.
Desde 1947 a 1953, he dicho una y otra vez en la prensa francesa que ningún deportado vivo podía haber visto las cámaras de gas funcionando, y cada vez que se me ha señalado alguno que aceptaba la confrontación, le he cogido en flagrante delito de mentira y le he obligado a confesar públicamente que, en efecto no había visto nada de lo que contaba. El último, cronológicamente, fue el sacerdote descarriado J. P. Renard (del que se trata
[247] en la página 149), que había logrado hacer creer a toda Francia que había visto asfixiar a miles y miles de personas en Buchenwald y en Dora, donde... ¡no hubo cámaras de gas!
A la larga, al terminar por imponerse mi opinión, se empezó a sacarme deportados del otro lado del telón de acero, que al declarar que habían asistido al suplicio lo describían minuciosamente, y con los cuales naturalmente era imposible la confrontación.
El primero fue el comunista húngaro doctor Miklos, antiguo detenido en Auschwitz-Birkenau, donde controlaba - según dice - el comando de los horno s crematorios y de las cámaras de gas.
Este creía sin duda embrollarme al hablarme de Auschwitz, campo en el que yo no había sido internado y sobre el cual no estaba moralmente autorizado para dar testimonio. El solamente ignoraba que al ser en cierto modo mi oficio la historia, yo podía familiarizarme un poco con el documento histórico para aceptar o rechazar la autenticidad con una simple lectura. En su caso, fueron las cifras que presentó las que destruyeron la impostura: 25.000 personas por día durante cerca de cinco años, no tuve ninguna dificultad en demostrar que este suponía 45 millones, y con 4 hornos crematorios de 15 parrillas cada una, incluso a tres cadáveres por parrilla, se necesitarían más de 10 años para quemar todo esto.
El convino en ello, y me escribió que se contentaba con 2.500.000 cadáveres, de los cuales no todos eran judíos ni todos habían perecido por medio de la cámara de gas.
Pero mantenía todo lo demás. Juzgué inútil continuar la controversia con tal individuo.
En el libro que los comunistas (que se han encargado de publicarlo y distribuirlo por el mundo entero, en cinco lenguas) presentan como una confesión de Rudolf Höss, Lagerkommandant de Auschwitz de mayo de 1940 a noviembre de 1943, leo lo siguiente:
«Durante la primavera de 1942, centenares de seres humanos han encontrado la muerte en las cámaras de gas.» (Página 178 de la edición francesa.)
Centenares en tres meses... ¡Estamos lejos de los 25.000 diarios - o sea dos millones en tres meses - del comunista Miklos!
[248] Sólo nos queda por esperar al próxiõno «testigo», que pasará quizá de las centenas a cero... es decir, al otro extremo.
El Rudolf Höss de los comunistas polacos no está por otra parte muy de acuerdo consigo mismo, pues, unas páginas más adelante, escribe:
«La cifra máxima de gaseados y de incinerados en 24 horas, se ha elevado a poco más allá de los 9.000 para todas las instalaciones...» (Página 236.)
Finalmente, otra cifra que anima a meditar:
«Hacia finales de 1942 (los hornos crematorios no habían funcionado todavía porque no estaban construidos) (2), todas las fosas del campo fueron limpiadas. El número de cadáveres que habían sido enterrados en ellas se eleva a 107.000.» (3).
De donde se puede inferir que en tres años (1939-1942) murieron 107.000 personas en Auschwitz, o sea menos de 100 por día. A este ritmo, estamos lejos de los 2.500.000 de Miklos para toda la guerra, y sobre todo de los 9.000 diarios.
¿Se quieren otros motivos de sorpresa? Entonces hay aquí tres proposiciones sobre las cuales podrá meditar a su gusto el lector:
1. «En tanto que yo recuerdo, los convoys que llegaban a Auschwitz nunca llevaban más de 1.000 personas.» (Página 229.)
[249]
2. «A causa de los retrasos en las comunicaciones, nos llegaban cinco convoys por día, en lugar de los tres esperados.» (Página 236.)
3. «Para el exterminio de los judíos húngaros, llegaban los convoys uno tras otro a razón de 15.000 personas diarias.» (Página 239.)
De donde resulta que: 1.000 x 5 = 15.000 (!).
Para terminar sobre este punto, se me permitirá que cite todavía esto que se puede leer en la página 245:
«Coma ya he dicho, los crematorios I y II podían incinerar cerca de 2.000 cuerpos en 24 horas: no era posible hacer más si se quería evitar los destrozos. Las instalaciones III y IV debían incinerar 1.500 cadáveres en 24 horas (4). Pero, en tanto que yo sepa, estas cifras no han sida alcanzadas nunca.» (5).
¿Cómo no deducir de estas flagrantes contradicciones que se trata de un documento falsificado después, apresuradamente, y por unos ignorantes?
Esta tardía fabricación ya se adivinaba por otra parte sólo con la presentación del libro: escrito a lápiz y conservado cuidadosamente en los archivos del museo de Auschwitz, donde, a menos que se sea un reconocido comunista, nadie puede ir a examinarlo; llevando la fecha de febrero-marzo de 1947, conocido desde entonces y publicado solamente en 1958; atribuido a un muerto que de todas maneras no puede protestar contra las declaraciones que llevan su firma, etc., todo esto, por sí solo, ya explica demasiado.
Estas cifras contradictorias no son, por otra parte, las únicas anomalías de este testimonio, del cual lo menos que se puede decir es que es... singularmente tardío.
[250]
Entre estas otras anomalías, la primera que viene a la mente es la que recoge las órdenes de exterminio de origen gubernamental.
De una de estas órdenes ya se ha tratado: la de hacer saltar todos los campos de concentración al aproximarse las tropas aliadas, con el fin de exterminar así a todos sus ocupantes incluidos guardianes. Hoy se sabe que esta orden, recibida por todos, esgrimida contra los acusados del proceso de Nuremberg, y abundantemente comentada por los Rousset, los inferiores a él y los Kogon, no ha sido dada nunca (6), y no es más que una invención del siniestro médico-jefe de la S.S. de la enferrnería de Dora, el doctor Plazza, para granjearse la benevolencia de los aliados y salvar su vida (7).
A pesar de que las intenciones de los que han publicado Der Lagerkommandant van Auschwitz spricht no hayan sido las de demostrar que éstas eran asimismo órdenes de exterminio por los gases, me temo que éste sea en definitiva el fin que han conseguido.
En primer lugar, se reconoce explícitamente en este libro que:
«el primer empleo
del gas para matar a presos, ha sido hecho sin ninguna orden,
con un gas de ocasión, y cuando entre los responsables
del campo, de arriba a abajo de la escala jerárquica,
nadie se lo esperaba.
»Durante uno de mis viajes de negocios (1942), mi suplente,
el Schutzhaftlager Fritzsch (8)
hizo uso del gas contra un lote de funcionarios políticos
del ejército rojo. empleó en este caso el preparado
de cianuro (ciclón B) de que disponía porque se
utilizaba constantemente en la oficina como insecticida. Me informó
de ello después de mi regreso.» (Página 172)
De este modo, por la fotuita iniciativa de un subalterno,
[251] habría nacido un método para ser empleado en gran escala contra los judíos.
Varias veces dice Rudolf Höss en su obra - o se le hace decir - que las más altas autoridades gubernamentales del III Reich, y especialmente Himmler, le han reiterado verbalmente las órdenes de exterminar a los judíos con gas, pero:
«Nunca se ha podido obtener sobre este asunto una decisión clara y rotunda de Himmler.» (Página 233.)
Y en tal caso era Höss quien propugnaba el gaseamiento en gran escala:
«Yo he tratado frecuentemente de esta cuestión en mis informes, pero no podía nada contra la presión de Himmler, que siempre quería tener más presos para el armamento.» (Página 189.)
y por consiguiente se oponía a ello.
De todas maneras, no se ve bien cómo habría podido tener Himmler «más presos para el armamento» haciendo exterminar cada vez más con los gases.
Además de esto hay que advertir que habiendo pedido Himmler verbalmente a Höss que construyese cámaras de gas en Auschwitz (en el verano de 1941), Höss le «sometió un plan detallado de las instalaciones proyectadas» a propósito del cual declaró:
«Nunca he recibido respuesta o alguna decisión sobre este asunto.» (Página 227.)
Las cámaras de gas han sido sin embargo construidas porque - dice Höss -:
«de resultas de esto, Eichmann (un subordinado de Himmler) (9) me dijo de paso - luego verbalmente: ¡todo es verbal en este asunto! - que el Reichsführer estaba de acuerdo.» (Página 227.)
[252]
Entonces Himmler no habría dado nunca la orden de construir estes cámaras de gas - ¡la declaración es de categoría! - pues hubiera pedido que ellas exterminasen a la vez a muchos y al menor número posible de gente.
En la página 191 se puede leer aún:
«Los presos especiales (es decir los judíos) sometidos a su competencia (de Himmler) debían ser tratados con toda consideración... No se podía prescindir de esta masa de mano de obra, y, en especial, en las industrias de armamento.»
¡ Vaya uno a ver dónde está la verdad!
Las cosas no se vuelven más claras si se examina la manera de exterminar. Se ha visto anteriormente que el gas empleado era un insecticida, el ciclón B, que fue utilizado - nos dice Höss - en todos los casos de asfixia posteriores a las de los funcionarios políticos del Ejército rojo, de los cuales se ha tratado antes: es extraño por lo menos que para la ejecución de tal orden, incluso dada verbalmente, no se haya previsto un gas especial distinto a un insecticida.
Sea lo que sea, he aquí en qué consiste el ciclón B:
«El ciclón B se presenta en forma de piedras azules, entregadas en cajas, de las cuales se desprende (10) el gas bajo la acción del vapor de agua.» (Página 228.)
[253]
Su manejo es tan peligroso que cuando se le utiliza en una habitación, antes de volver a entrar en ella «HAY QUE AIREARLA DURANTE DOS DIAS» (pág. 229), pero el gaseamiento de los judios «dura normalmente una media hora» (pág. 174) tras lo cual «se abren las puertas y el Sonderkommando empieza INMEDIATAMENTE su trabajo de extracción de los cadáveres». (pág. 230)... «llevando consigo a los cadáveres comiendo y fumando» (pág. 180) sin que nunca suceda el menor incidente. Más aún: el primer exterminio se hizo en un depósito de cadáveres, y para hacer penetrar el gas en él «mientras se descargaban los camiones (de futuras víctimas) se horadaron varios agujeros en las parades de piedra y de hormigón del depósito (de cadáveres)» (pág. 172). No se dice cómo se hizo llegar el vapor de agua necesario, ni cómo se taparon de nuevo los agujeros después de la introducción de las piedras azules: también apresuradamente, sin duda, y con trapos viejos...
Verdaderamente nada de esto es serio: es más bien de «novela por entregas». ¡ Y es esta novela la que se presenta como un documento!
En esta trama de contradicciones ingenuamente expuestas, no se puede mencionar todo: el volumen comprende 247 páginas y harían falta por lo menos otras tantas para refutarlo. Había que limitarse pues a lo esencial, y lo esencial es lo referente a las cámaras de gas, cuestión la más irritante de todas las que atañen al problema de los campos de concentración en Alemania . Las contradicciones que he recogido me parecen, por otra parte,
[254] suficientes para probar que este nuevo testimonio, al igual que el del comunista húngaro Miklos, no podía ser la obra de alguno que haya visto eso. Muy probablemente, habiendo escrito Rudolf Höss su confesión mientras esperaba la muerte, los comunistas polacos han introducido en ella , de un lado a otro y bastante torpemente, la tesis bolchevique sobre los acontecimientos que se estima que tuvieron lugar en el campo de Auschwitz de 1940 a 1943, es decir, durante el tiempo en que él fue Lagerkommandant. Esta es, en todo caso, la única explicación posible tanto del tiempo que se ha tardado en publicar este testimonio - ¡ 12 años! - como de su incoherencia.
Quiero, sin embargo, recoger aún otras dos pequeñas frases.
«A fines de noviembre de 1940, fui convocado por primera vez por el Reichsführer y recibí la orden de proceder a una ampliación del territorio del campo... Se trataba de la construcción de Birkenau (Auschwitz II), que debía ser seguida por la instalación del conjunto de los Kommandos de Monowitz para la I.G. Farben (Auschwitz III). La construcción de Auschwitz IV ha sida interrumpida por la derrota hitleriana.» (Página 121.)
Que yo sepa, ésta es la primera vez que la literatura de los campos de concentración reconoce que la Alemania en guerra, tal como lo hizo en todas sus otras industrias, había proyectado también instalar en los campos a la I.G. Farben, industria en la que son indispensables las cámaras de gas. Para la fabricación de materias colorantes y de cierto número de productos químicos, no para el exterminio de los internados.
Es lo que ya he dicho en esta misma obra, mucho antes de que esta declaración se hiciese pública.
Pero ¿y las asfixias de los internados?
Ya estamos en posesión de un elemento cierto:
Apenas terminada la guerra, se publicó en todos los periódicos del mundo la fotografia de un letrero indicador que llevaba la siguiente indicación: Vorsicht! Gas! Gefahr! (11). Esta llamada de atención se refería a la cámara de gas del campo de Dachau,
[255] de la cual se decía en aquella época que en ella se había asfixiado a millares de internados.
De paso para Munich, he querido cerciorarme de la verdad del hecho, y me he dirigido hacia ese lugar: el letrero indicador ha desaparecido, la cámara puede contener unas cincuenta personas de pie, y apretujadas las unas contra las otras, a la manera de las sardinas en una lata.
En la puerta del campo, un guarda explica a los visitantes que «en todas las librerías de Munich se vende una historia del campo de Dachau, en la cual se dice que esta cámara de gas no ha funcionado nunca, por la simple razón de que sólo ha sido terminada después de la guerra por los miembros de la S.S. que han ocupado el lugar de los internados en este campo.»
Es exacto. Lo he comprobado... Por otra parte debo reconocer que a partir de 1948 ya se ha podido leer este en la prensa francesa, pero en pequeños caracteres y en los rincones perdidos de los periódicos que pasan desapercibidos a la mayoría de sus lectores, de tal forma que aún hoy la mayoria de la gente sigue estando persuadida de que «decenas de millares de personas han sido asfixiadas en Dachau.»
Como suceda lo mismo con las cuatro cámaras de gars de Auschwitz-Birkenau... (12). ¿Y por qué no habría de suceder lo propio? Se sabe efectivamente que en noviembre de 1944, al aproximarse las tropas rusas que liberaron el campo el 22 de enero de 1945, «los alemanes hicieron demoler los hornos crematorios y saltar las cámaras de gas» (13), de las que tantos turistas - ¡todos gozan de murchas amistades en el mundo comunista! - siguen
[256] pretendiendo que han ido allí en peregrinación desde el fin de la guerra y las han visitado.
Advierto aún, que después de haber pretendido que había de ellas en todos los campos, ya sólo se habla de los exterminios que tuvieron lugar en Auschwitz, en zona rusa, utilizando documentos que nadie - ¡salvo los comunistas! - puede examinar, y que los que siguen escribiendo de ello - casualmente - son solamente los supervivientes de la zona rusa, cuyas afirmaciones no se pueden comprobar. Lo que ya es indudable, es que los «testimonios» escritos que nos envian, en primer lugar se contradicen entre sí (Höss en contradicción con Miklos e incluso con E. Kogon y D. Rousset) y en segundo lugar están llenos de inverosimilitudes y se contradicen ellos mismos de una página a otra como se ha probado en este capítulo.
Ahora bien, no se puede fundamentar una verdad histórica sobre «testimonios» tan incoherentes y tan divergentes a la vez.
Yo añadiria que además de sus propias contradicciones y de las que aporta a los que han sido publicados antes que él, el «testimonio» sobre el campo de Auschwitz atribuido a Rudolf Höss está redactado en un estilo que le hace parecerse de un modo raro a las confesiones públicas de los acusados en los célebres procesos de Moscú que nadie ha tomado en serio en la Europa occidental.
Pero ¿para qué?
Después de esto, al publicar Arthur Koestler su célebre libro El cero y el infinito - ¡que se me perdone la referencia! - ya ha dicho todo.
Lo primero que hay que decir es que la cuestión ha evolucionado mucho desde la fecha en que escribí La mentira de Ulises. Esto era en 1949-50. Prestando fe a cualquier relato, a cualquier deportado, todos los periódicos colocaban cámaras de gas y de exterminios en masa a lo que saliese la suerte, dondequiera y en casi todos los campos. Casi todos los deportados las habían visto- con sus propios ojos -. Y todo el mundo les creía.
Por otra parte, esto sucedía a pesar de Eugen Kogon, que en su libro El infierno organizado había escrito en 1945: «en los escasos campos donde las hubo...»
Como él no dijo en cuáles, cada uno las colocaba donde quería y terminaba habiendo de ellas en todas partes.
En Francia yo he destruido la leyenda de la de Buchenwald y de la de Dachau. Hoy trato de saber qué es lo que fue exactamente de las - pues se habla de cuatro - de Auschwitz, las únicas sobre las cuales se habla todavía.
Pero comencemos por el principio.
En la actualidad, a pesar de la prohibición que se les impuso, muchos abogados de los acusados de Nuremberg han publicado los documentos que les sirvieron para defender a sus clientes y cuyas copias habían quedado entre sus legajos de documentos. En 1949-50 no era lo mismo.
Me había visto obligado a tratar del problema de las cámaras de gas tomando el máximo de precauciones de estilo y en una forma tan dubitativa como me era posible (páginas 187 a 194).
[258]
En aquel entonces, sólo se podia presentir la impostura y yo no tenia nada más que sospechas.
Posteriormente todo lo que se ha publicado ha venido a confirmar estes sospechas y frecuentemente lo ha hecho por el absurdo.
En 1958 apareció Der Lagerkommandant van Auschwitz spricht; en el capítulo precedente se ha leído lo que pienso de ese libro.
En 1953 ya había aparecido también S.S.-Obersturmführer Dr. Mengele, del comunista húngaro doctor Nyiszli Miklos, y no pude decir lo que pensaba de él más que en la cuarta edición de esta obra a modo de introducción (páginas 293 y 294).
Esta vez la impostura saltaba a la vista y, por lo demás, incluso lo ha reconocido parcialmente el autor. (Nota de la página 29).
Se puede comparar ahora la descripción de las cámaras de gas y de exterminio que hace este doctor Nyiszli Miklos con la que aparece en el capítulo precedente en el libro atribuido a Rudolf Höss. ¿Qué fe se puede prestar a dos testigos de un mismo acontecimiento que se contradicen hasta tal punto? ¿Y dónde está la verdad?
Pero se ha leido anteriormente cómo Eugen Kogon afirmaba que las cámaras de gas estaban en disposición de funcionar «en marzo de 1942»: pues bien, en marzo de 1942 Höss nos dice a la vez que las cámaras de gas no han funcionado (página 174) y que durante el verano, como no estaban construidas, fue preciso utilizar el bloque 11 - después depósito de cadáveres - para proceder a los exterminios con gas (pág. 229). Y mucho antes de la publicación de «su» libro, ya sabíamos que los hornos crematorios de Auschwitz habían sido «encargados el 3 de agosto de 1942 a la casa Topf und Sohne de Erfurt por la orden número 11450/42/BI/H»: ¿cómo han podido entonces funcionar estas cámaras antes de que los hornos crematorios fuesen construidos? Sobre todo si se las presenta como unidas a ellos. Es la cuestión que ya planteaba en mi estudio crítico de este libro.
Finalmente, he señalado en este estudio crítico dos libros en los cuales se dice que «los alemanes hicieron saltar las cámaras de gas de Auschwitz al aproximarse las tropas rusas en noviembre de 1944»; éstas son Histoire de Joël Brand de Weisberg y Exodo de León Uris.
Eugen Kogon, él por lo menos, tomó sus precauciones para el porvenir diciéndonos que «a partir de septiembre de 1944
[259] las órdenes habían prohibido el utilizarlas». Y cuando uno lograba llegar a Auschwitz como turista podía pensar que visitaba auténticas cámaras de gas. Con Weisberg y Uris todo se desploma. Lo mismo que pasó con Dachau.
Queda un argumento todavía: la «solución final» del problema judío.
La «solución final» del problema judío no es una expresión propiamente alemana. Desde hace siglos y siglos - exactamente desde Tito y la Diáspora - ha sida empleada por todos los constructores de sistemas sociales: en primer lugar por los Estados del mundo mediterráneo y después por los de la Europa septentrional y meridional. En Francia, la hicieron célebre la Révolución de 1789 y luego Napoleón, que creyeron haberla encontrado bajo la forma de un estatuto equitativo para todos los súbditos judíos que vivían en el territorio nacional. Nada más terminar la guerra europea, con la Declaración Balfour, tomó a escala mundial el sentido de la «reconstitución de un hogar nacional judío» al que Inglaterra se comprometia a ayudar en Palestina. Con el advenimiento del nacionalsocialismo en Alemania, tomó el de exterminio masivo de los judíos europeos por medio de las cámaras de gas.
¿Es correcta esta interpretación?
En el proceso de Nuremberg fue esgrimida como una acusación contra todos los dignatarios del régimen que habían participado de cerca o de lejos en la deportación de judíos a los campos de concentración aplicando la «Solución final» y todos respondieron unánimemente que «cuando se hablaba de la solución final del problema judío ellos no sospechaban que esto quisiese decir las cámaras de gas». Bajo juramento, algunos testigos llegaron a afirmar ante el tribunal (sobre todo en el proceso de los médicos), que habían recibido - verbalmente, es verdad - órdenes para actuar en este sentido y se les creyó. En aquella época se encontraban testigos para afirmar cualquier cosa con tal que fuese en el sentido de la verdad de los vencedores. ¿No llegó uno de ellos a declarar como auténtica la orden de «hacer saltar todos los campos, incluidos los guardianes, al aproximarse los aliados»,
[260] cuando en realidad se probó después (declaración de Jacques Sabille en Le Figaro Littéraire en 1951 y libro de Joseph Kessel Las manos del milagro) que gracias a Kersten, médico de Himmler esta orden no había sido dada nunca? ¿No llegó a decir otro que la artillería alemana había recibido la orden de echar a pique tres barcos cargados con deportados (entre ellos el Arcona) que se dirigían por el mar Báltico hacia Suecia y de los que se ha sabido después que fueron hundidos equivocadamente por la aviación aliada?
Si hoy en dia ya no se concede importancia a las órdenes de hacer saltar los campos al aproximarse los aliados, de disparar en el Báltico sobre barcos llenos de deportados, y de tantas otras aún, no es sólo porque no había documentos para sostenerlas sino también porque han aparecido escritos que prueban sin discusión posible que no hubo tales órdenes. Para sostener las órdenes de exterminio de los judíos con el gas no había tampoco documentos: se ha pretendido qúe los había, aún se pretende, se les ha mencionado, se les cita todavía.
¿Qué dicen estos escritos?
El más preciso de ellos - par otra parte el único que todavía se suele citar - es extracto de un documento llamado «Protocolo de Wannsee», que reúne, en una forma en la que sólo las personas prevenidas y los especialistas pueden distinguir el comentario y el texto auténtico, los informes presentados y las decisiones tomadas durante una reunión interministerial que tuvo lugar el 20 de enero de 1942, y a la cual asistieron los secretarios y los altos funcionarios de todos los ministerios del III Reich.
He aquí este texto en la traducción que ha sido hacha en Francia por el «Centre de documentation juive»:
«(...) En el cuadro de la solución final del problema, los judios serán trasladados con fuerte escolta a los territorios del Este y estarán destinados allí en el servicio del trabajo. Formados en grandes columnas de trabajadores, hombres por un lado, mujeres por el otro, serán llevados a estos territorios: no es preciso señalar que una gran parte de ellos se eliminará por decrecimiento naturel (...) El resto que subsista al final - y al que hay que considerar como la parte más resistente - deberá ser tratado en consecuencia. En efecto, la experiencia de la historia demuestra que una vez liberada esta élite natural lleva en germen los elementos de un nuevo renacimiento judío.»
[261]
El mismo texto extracto del Protocolo en lengua alemana es el siguiente:
«Unter entsprechender Leitung sollen im Zuge der Endlösung die Juden in geeigneter Weise im Osten zum Arbeitseinsatz kommen. In grossen Arbeitskolonnen, unter Trennung der Geschlechter, werden die arbeitsfähigen Juden strassenbauend in diese Gebiete geführt, wobei zweifellos ein Grossteil durch natürliche Auslese darstellend, bei Freilassung als Keimzelle eines neuen jüdischen Aufbaues anzusprechen ist.»
A simple vista se ve que ambas partes de este texto, la que he subrayado y la que la precede, no están redactadas en el mismo estilo. La primera conclusión que se impone es ésta: o bien no son del mismo autor, o no han sido redactadas en la misma ocasión o no figuran en el mismo «documento». La primera, efectivamente, está redactada en el estilo de la decisión, la segunda en el de la apreciación, es decir en el del comentario.
Es en este texto en el que se han apoyado muchos para aceptar como verdaderos los testimonios de las personas que, en Nuremberg y otros lugares, declararon que habían asistido a exterminios con gas o que habían recibido la orden de proceder a ellos.
De momento, en la confusión espiritual que siguió inmediatamente al fin de las hostilidades, se logró el efecto político buscado. A la larga, hay que convenir forzosamente en que si las personalidades de la República federal alemana que han tenido bajo Hitler un papel importante - jueces por ejemplo o altos funcionarios - dicen todavía que «cuando se hablaba de la solución final del problema judío ellos no sospechaban que esto quisiese decir las cámaras de gas», aun después de la lectura de este texto tampoco lo podrían sospechar.
Históricamente, todo parece reducirse a esto que ha resumido admirable aunque insidiosamente el escritor judío norteamericano León Uris en Exodo:
[262]
«En marzo de 1941, dieciocho meses después de la invasión de Polonia, Adolfo Hitler optó por la "solución final" del problema judío. Hecho significativo, concretó sus instrucciones en forma de orden verbal (14)... Seis semanas más tarde, Heydrich, gran maestro de los organismos de seguridad, reunió a cierto número de dignatarios nazis en conferencia secreta ( 14) a fin de participarles las decisiones del Führer... (pág. 192 de la edición francesa). Eichmann, Himmler, Streicher, y una docena de jefes de menor importancia pusieron manos a la obra para realizar un plan tan vasto como importante...» (Página 193.)
Las órdenes de Hitler son verbales... Un año después tiene lugar la reunión ministerial conocida con el nombre de «Protocolo de Wannsee» para decidir, y en lo que ha sido publicado de lo que se dijo; y se decidió ern ella, se buscan desde hace veinte años textos susceptibles de permitir afirmar que allí y en ese día nacieron las cámaras de gas.
Se ha encontrado uno: ya se ha visto lo que valía.
En el proceso de Nuremberg, lo he dicho frecuentemente, se encontraron sin embargo muchos testigos para confirmar que la «solución final del problema judío» consistía en «el exterminio por medio de las cámaras de gas». No quisiera molestar al lector con un censo de todos estes testigos y de sus declaraciones. Uno sólo bastará para desmontar el mecanismo de esta extrapolación: el más importante de todos, el Hauptsturmführer (capitán, según creo) Dieter van Wisliceny, adjunto inmediato de Adolf Eichmann, jefe del departamento encargado de la «solución final» en la fase de su ejecución.
Este Dieter van Wisliceny fue interrogado en Nuremberg, el de enero de 1946, por el teniente coronel Broockhardt, y el pasaje principal de este interrogatorio fue el siguiente:
Teniente coronel Broockhardt.-- ¿En sus relaciones oficiales con la sección IVA4 (cuyo jefe era Eichmann) ha tenido usted
[263] conocimiento de alguna orden que prescribiese el exterminio de todos los judíos?
Wisliceny.-- Sí, por Eichmann me enteré por vez primera durante el verano de 1942 de la existencia de tal orden (...) Le pregunté quién había dado esta orden; me explicó que era una orden de Himmler. Le rogué entonces que me enseñase esta orden, pues no podía creer que realmente existiese por escrito (...) Eichmann me dijo que me enseñaría esta orden escrita, si ello podía tranquilizar mi conciencia. Sacó de su caja fuerte un pequeño legajo que hojeó y me ofreció una carta de Himmler dirigida al jefe de la Sipo y del S.D. Lo esencial de esta carta era poco más o menos lo siguiente:
-- el Führer había ordenado la solución definitiva del problema judío.
-- la ejecución de esta solución llamada definitiva estaba confiada al jefe de la Sipo y del S.D. y al inspector de los campos de concentración. Todos los judíos que estuviesen en condiciones de trabajar, del sexo femenino o del masculino, debían ser empleados provisionalmente para trabajar en los campos de concentración. Esta carta estaba firmada personalmente por Himmler. No había ningún error posible, pues yo conocía perfectamente la firma de Himmler.
En esta carta no se habla hasta ahora de exterminio ni de cámaras de gas. El interrogatorio prosigue, pues naturalmente no se ha encontrado la carta.
Teniente coronel Broockhardt.-- ¿Llevaba la orden alguna indicación con miras a conservar el secreto? (15).
Wisliceny.-- Llevaba la indicación de "muy secreto"...
Teniente coronet Broockhardt.-- ¿Se ha planteado usted la cuestión del significado de las palabras «solución definitiva» empleadas en esta orden?
Wisliceny.-- Eichmann terminó por explicarme lo que se entendía por ello. Me dijo que la expresión «solución definitiva» ocultaba el exterminio biológico y total de los judíos en los territorios del Este.
Wisliceny sabía que Eichmann había logrado escapar a la
[264] policía aliada y que él no saldría seguramente de su escondrijo para ir a desmentirle. ¿Por qué molestarse entonces? Conviene decir que hubo no pocos Wisliceny en el proceso de Nuremberg... Este que pensaba salvarse reconociendo el crimen y trasladándolo sobre otro, no por elle dejó de ser ahorcado. Pero el procedimiento les salió bien a algunos de ellos.
Así nació la tesis del exterminio. En los primeros momentos que siguieron al fin de la guerra, se comenzó a hablar primeramente de la «solución final», asiguando a la expresión una nota marginal al pie de página en la que se explicaba que se refería al exterminio en cámaras de gas. Pues también se habían encontrado testigos de este género de exterminio que traían la prueba «según personas dignas de fe» muertas o desaparecidas.
Solamente en 1954, en el en que apareció el libro del comunista húngaro Nyiszli Miklos se descubrió que su testimonio no concordaba con los que habían recogido Eugen Kogon y David Rousset de personas, también ellas, «dignas de fe» pero a las que no se volvió a encontrar nunca. Con El comandante de Auschwitz habla... de Rudolf Höss, publicado en 1958, vino el desastre de la tesis, pues él también daba una versión del crimen en total contradicción con todas aquellas que la habían precedido en este camino.
En cuanto al testimonio de Wisliceny, pieza esencial de todos los que le han seguido, ya se ha visto hasta qué punto era preciso forzar las palabras para concluir en un exterminio con las cámaras de gas.
Pero el teniente coronel Broockhardt ha preguntado todavía otra cosa a Wisliceny:
Teniente coronel Broockhardt.-- ¿Sabe usted si esta orden continuó siendo observada por los servicios de Eichmann?
Wisliceny.-- Sí.
Teniente coronel Broockhardt.-- ¿Durante cuánto tiempo?
Wisliceny.-- Esta orden tuvo validez hasta octubre de 1944. Entonces Himmler dio una contraorden prohibiendo el exterminio de los judíos.
Así pues, he aquí una carta de Himmler de la cual tuvo conocimiento Wisliceny en el verano de 1942 sin otra precisión sobre la fecha, lo cual permite pensar que es anterior. No solamente no se ha encontrado esta carta, sino que se le hace decir lo que con toda evidencia ella no dice, y para acabar se determina que lo
[265] que ella no dice ha sido objeto de una contraorden en octubre de 1944. Naturalmente tampoco se ha encontrado nunca esta contraorden.
Por el contrario, hoy se sabe que durante una visita que hizo Himmler a Auschwitz en marzo de 1941, participó al comandante del campo su decisión de transformarlo en una potente central de armamento, ocupando en sus talleres a todos los presos judíos o no aptos para el trabajo. Esta decisión fue objeto de una carta a Pohl, con fecha del 5 de octubre de 1941 (16).
Y no hay manera posible de hacer concordar las instrucciones dadas por Himmler a Pohl en octubre de 1941 y las que según el testimonio de Wisliceny había dado a Eichmann casi al mismo tiempo.
¿Qué era entonces esta célebre "solución final" del problema judío?
No se sabe bien.
En los años 1934-35, Julio Streicher ya hablaba de ella en sus escritos. Diversos periodistas alemanes le hacian eco y sugerían la reagrupación de los judíos en una colonia francesa, por ejemplo el Africa occidental, ya que los ingleses no querian en Palestina. Al mismo tiempo, la derecha facciosa francesa se quejaba en todos sus periódicos de que era imposible a cualquier gobierno que fuese el sacar provecho de Madagascar, por consiguiente el de conservar la isla en el imperio colonial, si no se decidía a hacer de ella una colonia para poblar (17
). El nacionalsocialismo aprovechó la ocasión: ¿por qué no reagrupar allí a los judíos que los alemanes no querían por más tiempo? Pero Francia no los quería más que Inglaterra...
Al declararse la guerra, no se había encontrado ninguna solución de alcance mundial.
¿Qué pasó hasta entonces? :
[266]
Aún es necesario aquí consultar los documentos. Veamos pues dos de ellos:
«Antes de la guerra,
Eichmann (que dirigía en Berlín la sección
principal NB del servicio central de seguridad encargado de la
cuestión judía) había dispuesto la emigración
masiva de judíos... Haciéndoles emigrar, creía
depurar Alemania llevando la peste judía a los países
enemigos. Había tenido negociaciones con los jefes sionistas
para acelerar la evacuación en masa hacia Palestina.»
(Histoire de Joël Brand, por el escritor judío
A. Weisberg, página 93.)
«Le interesará
pues el saber que durante el último trimestre he puesto
en ejecución una idea de la cual ya hablamos un día.
Dos trenes han transportado a Suiza 2.700 hombres, mujeres y
niños judíos. Así ha sido emprendido
de nuevo el método que mis colaboradores y yo mismo habíamos
aplicado durante largos años, hasta que la guerra y la
locura que ella ha desencadenado en el mundo hizo imposible la
aplicación. Usted sabe bien que de 1936 a 1940, de acuerdo
con las organizaciones judías americanas, yo había
creado una sociedad de emigración de tipo benéfico.»
(18).
Heinrich Himmler. (Carta al doctor Kersten, 21 de marzo de 1945.)
Y el mismo texto en alemán:
«Es wird Sie interessieren, daß ich im Laufe des letzten Vierteljahres einen Gedankens, über den wir einmal sprachen, zur Verwirklichung gebracht habe. Es wurden nämlich in zwei Zügen rund 2.700 jüdische Maänner, Frauen und Kinder in die Schweiz verbracht. Es ist dies praktisch die Fortsetzung des Weges gewesen, den meine Mitarbeiter und ich lange Jahre hindurch konsequent verfolgten, bis der Krieg und die mit ihm einsetzende Unvernunft in der Welt seine
[267]
Durchführung unmöglich machten. Sie wissen ja, daß ich in den Jahren 1936, 37, 38, 39 und 40 zusammen mit jüdischen amerikanischen Vereinigungen eine Auswander-Organisation ins Leben gerufen habe, die sehr segenreich gewirkt hat.»
De ambos textos, que se confirman el uno por el otro, y de los cuales uno al menos no puede ser sospechoso, resulta indiscutiblemente que hubo una «emigración en masa» de los judíos amenazados por el nacionalsocialismo, y organizada por el propio nacionalsocialismo. Parece incluso que si esta emigración no fue tan masiva como hubiera podido serlo, se debe sobre todo a la mala voluntad de los otros países que se negaban a recibir a los judíos que Alemania no quería. Basta con leer el «Libro Blanco» inglés, publicado en 1939, después de la anexión de Austria y cuando el Foreign Office sentía la amenaza de invasión de Polonia, país en el que había 3.100.000 judíos: se decía en él que «la potencia mandataria en Palestina sólo aceptaría allí a 75.000 inmigrantes en total». En Francia, cada vez que un judío lograba entrar en el país se sentía tan mal acogido que se dirigía a Italia. De 1935 a 1940, Italia, donde convergían todos los judíos que huían del nacionalsocialismo tomando la ruta del Oeste, fue el teatro de un verdadero mercado negro de plazas para los barcos con destino a Palestina, la mayoría de los cuales eran fantásticos.
Si se cree en el Bericht (1942-1945) des Komittee zur Rettung des ungarischen Juden, del doctor Reszo Kasztner, que la Histoire de Joël Brand de A. Weisberg no hace más que resumir en lo esencial, esta emigración continuó bajo otra forma durante toda la guerra .
En la primera de estas dos obras, se puede leer efectivamente en la primera página:
«Bis zum 19 März 1944 galt unsere Arbeit hauptsächlich der Rettung und Betreuung polnischer, slovakischer, jugoslavischer Flüchtlinge. Mit der deutschen Besetzung Ungars erstreckten sich unsere Anstrengungen auf die Verteidigung der ungarischen Juden... Die Besetzung brachte dus Todesurteil für die nahezu 800.000 Seelen Zählende ungarische Judenheit.»
[268]
En español:
«Hasta el 19 de marzo de 1944, nuestra actividad principal consistió en la asistencia y protección de los refugiados polacos, eslovacos y yugoeslavos. Con la ocupación alemana de Hungría, nuestros esfuerzos se concentraron en la protección de los judíos húngaros... La ocupación provocó la condena a muerte de cerca de 800.000 personas de la judería húngara.»
Un poco más adelante (página 8 de su informe) habla incluso de los «1.500.000 judíos húngaros» que «entre el 15 de mayo y principios de julio de 1944» habían sido deportados por la línea Raschau-Oderberg.
Ahora bien, en Hungría, viejo país de tradición cristiana, consagrado desde tiempo inmemorial al culto de la corona de San Esteban, antes del advenimiento del nacionalsocialismo eran tan poco numerosos los judíos que, como se verá en un instante, ni siquiera figuraba el país en las estadísticas publicadas por los judíos antes de la guerra . He aquí entonces que hasta el 19 de marzo de 1944, Hungría no es ocupada por las tropas alemanas, y que el 19 de marzo de 1944 se encuentran allí 800.000 judíos, nos dice el doctor Kasztner: procedentes de Polonia, Eslovaquia y Yugoeslavia, señala en la primera frase, pero bautizándoles como húngaros en la segunda...
Veamos ahora lo que se puede leer en la Histoire de Joël Brand de A. Weisberg sobre este asunto:
«En su precipitación por desembarazarse de los judíos, poco importaba a los alemanes que desapareciesen en el extranjero o en los hornos crematorios... Los pasaportes extranjeros constituían la protección más segura... En algunas semanas, hubo más súbditos de la república de San Salvador que de todos los otros juntos... Después de una intervención del Papa y del presidente Roosevelt, los gobiernos sueco y suizo entregaron millares de pasaportes y nosotros añadimos a ellos de treinta a cuarenta mil falsos. Los poseedores de este salvoconducto estaban inmunizados contra la deportación.» (Páginas 55 y 56 de la edición francesa.)
[269]
Inmunizados contra la deportación, los possedores de estos pasaportes, después de habérseles distribuido al llegar a Hungría, donde se les continuó distribuyendo bajo la ocupación alemana después del 19 de marzo de 1944, pudieron ser dirigidos a Constanza donde eran embarcados para Palestina y de donde, dada la hostilidad inglesa, «eran dirigidos en su mayoría a los Estados Unidos», nos dice aún A. Weisberg. (Página 93.)
Hasta el 19 de marzo de 1944, la emigración de los judíos que habían logrado huir de su país de origan antes de la ocupación por las tropas alemanas y entrar en Hungría, se hizo por Constanza bajo los auspicios de la "Waada" de Budapest. Después del 19 de marzo de 1944, habiendo ocupado también Hungría los alemanes, se hizo en condiciones más difíciles; encontrándola los alemanes demasiado lenta decidieron enviar también a los campos de concentración a los judíos que se encontraban en territorio húngaro, y que la «Waada» no lograba enviar a Constanza al ritmo compatible con sus exigencias. Hubo entonces contactos, después de algunos regateos que están todavía sin esclarecer, entre los servicios alemanes encargados del problema judío en Hungría, dirigidos por Eichmann, Krumey, Becher, etc., y los miembros del Comité director de la «Waada». Al marchar a Israel en 1947, el presidente de la «Waada», doctor Kasztner, fue acusado allí por sus correligionarios de haber colaborado con el nacionalsocialismo en Hungría: un gran proceso en el que figuraba como acusado por este «crimen» se abrió en Jerusalén. En 1955 presentó él el informe conocido con el nombre de Bericht (1942-45) der Komitee zur Rettung der ungarischen Juden von Budapest, que había redactado en Suiza en 1945-46, del cual había depositado el original ante el tribunal de Nuremberg y en el cual cierto número de acusados encontraron argumentos de descargo y fueron absueltos (Becher, Krumey...) Un día, fue matado durante el proceso por un fanático israelí a la salida del tribunal: condenado post mortem, fue rehabilitado en el mismo Israel, sólo el 16 de enero de 1958, tras un proceso de revisión de la primera sentencia.
Su informe lleva la indicación de «confidencial» sobre la cubierta y de él he tenido entre las manos un ejemplar mecanografiado por él mismo y después copiado en un número extremadamente limitado de ejemplares. Nunca ha sido publicado más que por pequeños trozos cuidadosamente escogidos por el Centro
[270] mundial de documentación judía. Aunque el doctor Kasztner habla en numeroso pasajes «de los molinos de Auschwitz» (expresión atribuida a Eichmann) y de las cámaras de gas, su publicación íntegra - si algún día se procede a ello - establecerá también, por numerosos detalles que en su mayor parte ha dado el autor sin darse cuenta de su importancia, que «la solución final del problema judío» apenas tiene nada que ver con la interpretación que se ha dado de ella y hasta ahora ha sida comúnmente admitida.
Si ahora se examinan las estadísticas dadas a conocer en cuanto al número de víctimas de los exterminios con gas, no puede uno dejar de impresionarse por ciertas anomalías de las cuales lo menos que se puede decir es que invitan a mucha circunspección. Aquí no quiero hablar de las estadísticas de los fracasados del periodismo o de los políticos, sino solamente de aquéllas que por su carácter oficial o formal no pueden ser discutidas para compararlas con las que han sido elaboradas en el «Centro de documentación judía».
Veamos primeramente la que ha sido hecha por el Centro de documentación judía y que contrapone - en los países ocupados por Alemania durante la última guerra - la población judía antes de la subida de Hitler al poder, al número de muertos y desaparecidos por países:
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de Hitler |
desaparecidos en 46 |
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[271]
Antes de la guerra, un estadístico judío de reputación universal, trabajó durante largos años sobre la población judía en el mundo, y, precisando que sus cifras eran aproximadas, la clasificó por profesiones y por países. De sus trabajos, un periódico publicado en Nueva York, el Menorah Journal, tomó en su número 2 del año 1932 las cifras que se leerán a continuación, y que fueron reproducidas en Francia en Le Caprouillot, número de septiembre de 1936.
Esto representa del 7 al 8 % de la población mundial de entonces, especifica A. Ruppin, y de los cuales cerca de 11.500.000 están inscritos en los registros de las sinagogas, dice el escritor judío Arthur Koestler.
Estas cifras coinciden con las que han sido publicadas en el World Almanac 1947 del American Jewish Committee: este almanaque señala que en 1938 había 15.688.259 judíos en el mundo entero.
Respecto a la Europa ocupada por las tropas alemanas desde
[273] 1939 hasta 1945, he aquí,
según los trabajos de Arthur Ruppin cuál era en
1932 la población judía:
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(20) |
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Comparando las cifras de Arthur Ruppin, del American Jewish Committee y del Menorah Journal con las del Centro de documentación judía, dan lugar a las siguientes observaciones:
1./ Respecto a los países ocupados por las tropas alemanas desde 1939 a 1945, el Centro de documentación judía encuentra una población de 8.294.500 judíos y Arthur Ruppin de 8.710.000, estando incluida Rusia en ambos casos. La diferencia no es sensible. Se trata solamente de saber cuál puede ser el número de desaparecidos en uno y otro caso.
2./ En lo que a Rusia se refiere, las cifras dadas a conocer por el Centro de documentación judía en las tres columnas, son manifiestamente falsas en la primera y en la tercera: de acuerdo
[274] en esto con todos los historiadores y estadísticos del mundo, Arthur Ruppin evaluaba la población judía de este país en 3.000.000 antes de Hitler y, en cuanto a los que quedaban en 1946, todos aquellos que han acusado al régimen bolchevique de antisemitismo lo han estimado en cerca de dos millones (22) después de la guerra, y en 1.200.000 en lugar de 300.000 en la Rusia asiática antes de la guerra.
3./ Ya he dicho lo que hay que pensar de las cifras del Centro de documentación judía relativas a Hungría y Checoeslovaquia.
Y es ahora cuando interviene el argumento más terrible contra la estadística del Centro de documentación judía: el movimiento emigratorio de la población judía europea desde 1933 a 1945.
Está, por ejemplo, admitido por todo el mundo, que la población judía de los Estados Unidos que se situaba en cerca de 4.500.000 personas antes de Hitler, había pasado a unos 6.000.000 en 1946; que en el mismo período la de Palestina había pasado de 250.000 a cerca de 1.000.000; y que la de Sudamérica había aumentado en 700.000, la del Africa del Norte en 200.000 y otro tanto la del Africa del Sur. Contando Rusia y la Rusia asiática, tenemos pues unos 5.500.000 judíos, que, con toda evidencia, no han muerto ni han desaparecido.
Este número de muertos y desaparecidos se encontraría pues reducido a: 6.000.400 - 5.500.000 = 500.400 si se toma por referencia la estadística del Centro de documentación judía, o sea un
[275] millón como máximo si uno se remite a la de Arthur Ruppin.
¡Y ya es una cifra impresionante!
Si este total obtenido por rigurosa deducción es exacto, quien conozca por poco que sea lo que fue la vida de los campos de concentración, no tendrá necesidad de las cámaras de gas para explicarlo: en Buchenwald no las había, y el 25 por 100 de los individuos que fueron deportados allí no regresaron.
Como se ve, los errores estadísticos cometidos por el Centro mundial de documentación judía provienen de las cifras que ha dado a conocer después de la guerra en lo que se refiere a Polonia y Rusia. Al dar cuenta de lo que pasó en Budapest, el doctor Kasztner nos dice que en 1943 hubo hasta 1.500.000 judíos en Hungría, y el periodista David Bergelson nos explica que en 1942 hubo hasta 5.000.000 en Rusia. Esta emigración ante el avance de las tropas alemanas no es tenida en cuenta por el Centro de documentación judía.
Hay además una parte fantástica en las cifras presentadas. En primer lugar, los 600.000 judíos solamente que encuentra el Centro en la Rusia de 1946. Pero hay más aún: de los 1.500.000 judíos que vivían en Hungría en 1943, el doctor Kasztner pretende que 434.000 han sido deportados, y el ingeniero André Biss dice que él ha «evitado la deportación de 300.000 de ellos» (La terre retrouvée, 1 de julio de 1960) pero cuando el Centro de documentación judía va a Budapest para contar a los supervivientes en 1946, sólo encuentra a !200.000!
!Esta matemática tiene, decididamente, sorprendentes virtudes!
Pero quiero ser objetivo hasta el último extremo...
Una estadística publicada el 31 de diciembre de 1951 por el periodista alemán Erwin F. Neubert en la revista Der Weg, con ayuda de informaciones publicadas en 1949 por el «American Jewish Committee» en el New York Times y diversas publicaciones judías como Aufbau, Unité dans la dispersion, etc., da sobre el número de víctimas judías del nacionalsocialismo una cifra del mismo orden de importancia, por simple comparación con las cifras. del Menorah Journal y de Arthur Ruppin. Veamos esta estadística:
[276]
Comparada con la de Arthur Ruppin, esta estadística da cuenta además de la emigración de los judíos de Europa desde 1933 a 1951, en particular hacia los Estados Unidos, América latina e Israel.
No se trata, ciertamente, más que de una estadística de periodista, y sólo la recojo aquí porque me parece que expresa una verdad de conjunto, y si tiene errores sólo pueden ser de detalle y muy insignificantes.
Se advertirá que no he recurrido al argumento biológico, cuyo valor, no obstante, es innegable, como demuestra una última estadística: el 28 de febrero de 1948, otro especialista en cuestiones de población, Hanson W. Baldwin, escribía en el New York Times que había en aquel entonces entre 15.600.000 y 18.700.000 judíos en el mundo, es decir, tantos como habían enumerado A. Ruppin y el Menorah Journal en 1932 y el «American Jewish Committee» en 1938. Si se admite que de ellos han sido exterminados 6.000.000 entre 1939 y 1945, hay que admitir también... ¡que la población judía del mundo se duplica cada tres años!
¿Y quién pretenderá esto?
La última cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cómo se ha
[278] podido llegar a estimar en 6.000.000 el número de judíos exterminados por los nazis?
La respuesta es sencilla: con el mismo procedimiento por medio del cual se ha dado como cierta la existencia de las cámaras de gas. Y, también aquí, se ha recurrido en primer lugar al aludido Dieter von Wisliceny. En este asunto, por otra parte, el teniente coronel Broockhardt que le interrogaba parece haber sido también un hombre de la mejor voluntad. He aquí la parte del interrogatorio - del 3 de enero de 1946 - relativa a esta cuestión, según los documentos publicados después del proceso de Nuremberg:
Teniente: coronel Broockhardt. -- En sus conferencias con los otros especialistas del problema judío y con Eichmann, ¿ha tenido usted conocimiento o ha sido informado del número total de judíos muertos por la aplicación de este programa?
Wisliceny. -- El mismo Eichmann hablaba siempre de cuatro e incluso de cinco millones de judíos. Según mi apreciación personal, han debido ser perjudicados (23) por la solución definitiva al menos cuatro millones. De hecho no puedo decir cuántos han salvado la vida.
Teniente coronel Broockhardt. -- ¿Cuándo ha visto usted a Eichmann por última vez?
Wisliceny. -- En febrero de 1945 he visto a Eichmann por última vez en Berlín. Decía entonces que si se perdía la guerra él se suicidaría.
Teniente coronel Broockhardt.-- ¿Dijo algo en aquel entonces sobre el número de judíos que habían sido exterminados?
Wisliceny. -- Sí, y habló de ello de una manera particularmente cínica. Dijo que saltaría riendo a su tumba, pues la impresión de tener a cinco millones de personas sobre la conciencia sería para él motivo de una extraordinaria satisfacción.
A partir de esta declaración, se buscaron otros testigos, y, que yo sepa, no se encontró más que a uno solo: el doctor Wilhelm Hoettl, jefe de batallón de la S.S. y relator al mismo tiempo que adjunto del jefe de departamento en la Sección VI de la Oficina central de Seguridad del Reich. Este testigo declaró ante el tribunal de Nuremberg lo siguiente:
[279]
«En abril de 1944, tuve una conversación con el Obersturmbannführer Eichmann de la S.S., al que conocía desde 1938. Este coloquio tuvo lugar en m i apartamento de Budapest (... ) Él sabía que estaba considerado por las Naciones Unidas como uno de los principales criminales de guerra, ya que tenía millones de vidas judías sobre su conciencia. Le pregunté cuántas eran y me respondió que aunque el número fuese un gran secreto, me lo diría porque en mi calidad de historiador debía estar interesado en ello (... ) En razón de los informes que poseía había llegado a la siguiente conclusión: en los diferentes campos de exterminio habían sido matados cerca de cuatro millones de judíos, mientras que dos millones habían encontrado la muerte de otra manera.»
Para dar mayor fuerza a su testimonio, este doctor Hoettl añadió que Eichmann había enviado a Himmler un informe que concluía en esta cifra - ¡otro documento más que no ha sido encontrado! - y que Himmler no había quedado satisfecho porque «según su opinión, el número de judíos muertos debía ser superior a los seis millones».
Tales son, todo el mundo está de acuerdo en ello, los dos únicos testimonios en los cuales se apoyan - ¡por otra parte ignorándolos! - los batallones de periodistas que han propagado por el mundo esta tesis de los seis millones. Pertenecen al tipo del «Se me ha dicho...» En este caso el «se» es Eichmann. Dada la situación de sus autores, no hay probabilidades de que ningún historiador les tome nunca en serio. Sin embargo el tribunal de Nuremberg se ha dado por satisfecho. Habiendo sido detenido posteriormente Eichmann, nos encontramos pues ante la siguiente alternativa:
-- o bien niega, y se podrá decir que es natural, ya que su vida está en juego;
-- o bien asiente, y lo que se podrá decir es que tal es su sistema de defensa - el mismo que el de los acusados del proceso de Moscú - para intentar obtener la clemencia del tribunal.
Por lo cual se ve que el único medio de obtener la verdad de la boca del único ser vivo que la conoce, sería colocarle en tales condiciones que no hablase bajo la amenaza de una sanción. Como
[280] esto no se hará, se trata entonces de una controversia destinada a durar todavía cierto tiempo entre los partidarios de los seis millones y aquellos que no admiten esta cifra: en tanto que no se descubra un documento indiscutible sobre este asunto - apenas creo que tal documento exista - la vida política estará envenenada en el mundo entero.
Se ha visto que yo soy de aquellos que no creen ni que seis millones de judíos hayan muerto con el nazismo, ni que hayan perecido en las cámaras de gas. Mi convicción se funda en las estadísticas y en los documentos dados a conocer por los propios partidarios de los seis millones, y en la debilidad de sus razonamientos.
Que yo sepa, el hombre que ha desplegado los mayores esfuerzos para demostrar la autenticidad de esta cifra es un tal L. Poliakov. Sus conclusiones sobre el número total de víctirnas judías en las persecuciones raciales durante la última guerra mundial, han sido publicadas en la Revue d'histoire de la deuxiéme guerre mondiale (Núm. 24, octubre de 1956, página 88). Merecen que uno se detenga en ellas.
Primeramente, este L. Poliakov indica sus fuentes: los consabidos testimonios de Wisliceny y Hoett1, de los que confiesa que son los únicos. Buen jugador, añade aún:
«Por consiguiente, sería posible objetar que una cifra sostenida tan imperfectamente debe ser considerada como sospechosa.»
No hay ni que decírselo...
Pero él no cree que lo sea, porque ha encontrado un escrito que, a su parecer, lo corrobora: un informe dirigido a Himmler, con fecha 17 de abril de 1943, por un tal Korherr, jefe de la inspección estadística del III Reich y que se remite al estado de la cuestión el 31 de diciembre de 1942.
La conclusión de este informe es la siguiente:
«El decrecimiento del judaísmo en Europa debe elevarse ya por lo tanto a cuatro millones de cabezas. Ya sólo deben quedar colonias importantes en el continente (al lado de la de Rusia con unos cuatro millones) en Hungría (750. 000), Rumania (300.000) y quizá
[281]
también
en Francia. Si se tiene en cuenta la emigración judía,
la enorme mortalidad, así como por otra parte los inevitables
errores debidos a la fluctuación de la población
judía, se debe fijar en cuatro millones y medio el decrecimiento
de la población judía en Europa entre 1937 y 1943.
Esta cifra sólo engloba parcialmente las defunciones de
los judíos en las regiones ocupadas del Este, mientras
que los fallecimientos sobrev enidos en el resto de Rusia no
están incluidos en ella en absoluto. Hay que añadir
a esto las emigraciones de los judíos, sea en Rusia hacia
su parte asiática, sea en los países de Europa
no sometidos a la influencia alemana hacia ultramar.
»En total, desde 1933, es decir durante el primer decenio
del poder nacionalsocialista, el judaísmo europeo ha perdido
aproximadamente la mitad de sus efectivos. Poco más o
menos la mitad de esta parte, es decir un cuarto de la población
judía total del mundo en 1937, se ha desplazado a los
otros continentes.»
Esta conclusión se infiere de largas columnas de cifras, de las que hago gracia al lector, y que establecen que la otra mitad ha sido «evacuada» a los campos de concentración. Para toda persona de buen sentido, y a pesar de las imperfecciones de una traducción que hace aparecer una contradicción entre la tercera y la última frase (24), esto significa que en la fecha del 31 de diciembre de 1942, han emigrado cuatro millones de súbditos judíos fuera de los países ocupados por Alemania o bien han sido enviados a los campos de concentración, y a ello hay que añadir 500.000 muertes debidas a la mortalidad natural o a la causada por la guerra.
Pretendiendo que las palabras o expresiones «evacuaciones... emigración... decrecimiento del judaísmo europeo» significan
[282] «exterminios», Poliakov formula la conclusión de que «si el día 31 de diciembre de 1942, ya habían sido exterminados cuatro millones de judíos... creyendo sólo en este documento, se puede decir con una certidumbre casi absoluta que el número total de judíos exterminados (hasta 1945) debe estar comprendido entre cinco y siete millones, subsistiendo la cifra de seis millones como la más probable.»
Ya está dicho: bastaba con pensar en ello...
Pero Poliakov no se contenta con eso: hay un segundo método de evaluación. Veamos en qué consiste:
« El segundo método aplicado por los especialistas de la demografía judía y en especial por el economista y estadístico de Nueva York Jacob Leschlinsky - nos dice - consiste en comparar los datos respectivos sobre la población judía de los diferentes países europeos (25) antes y después de la guerra. Es de esta manera como ciertas organizaciones judías internacionales, tales como el Congreso mundial judío, han llegado en 1945 a la cifra, siempre idéntica, de seis millones.»
Lo que basta para pensar hasta aquí, que no era necesario hacer el mismo trabajo para los países no europeos, donde la población judía aumentó en las proporciones señaladas por las estadísticas que yo he presentado. Se ha visto, por lo demás, que aún había que tener los cálculos sobre una población judía mundial - antes de la toma del poder por el nacionalsocialismo - de 20 millones como mínimo, de ellos 11.945.000 en Europa.
Se nos ha asegurado que Poliakov es investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas. Es posible. Pero si es verdad, ¡bien les escogen en esta institución!
Reconozco desde luego que en el campo de la moral esta discusión sobre los medios del crimen y el número de víctimas no se puede continuar: basta con que un solo judío haya sido
[283] condenado a muerte, por el hecho de ser judío, bien sea en las cámaras de gas, ahorcado de una cuerda, bajo el hacha o el látigo, para que el crimen quede establecido. El número de víctimas y los medios del crimen no entran en su definición: sólo determinan el grado de horror, y, si bien choca a la sensibilidad popular, el grado de horror es un elemento de apreciación de los juristas que le unen abusivamente al grado de responsabilidad no para definir el crimen sino las circunstancias agravantes o atenuantes en el momento de la aplicación de la pena. No pertenece a la moral sino a la moda, y varía con la época y el lugar. Las circunstancias atenuantes o agravantes tampoco pertenecen por otra parte a la moral, y, el grado de responsabilidad, limitado a la persona del criminal, sólo puede entrar en su dominio por las condiciones en las cuales ha sido cometido el crimen. Aun esto sólo vale dentro de la moral tradicional: en el pasado siglo, el filósofo francés Jean-Marie Guyau, concibió Una moral sin obligaciones ni sanción, que es seguramente la del futuro, y, en todo caso, la mía.
Habiendo concretado así hasta qué punto, en el terreno de la materialidad del crimen, esta discusión carecía de objeto en mi espíritu, me encuentro con mayor libertad para decir que no lo es tampoco en el campo de la historia, ni en el de la sociología, ni siquiera en el del sentido común, del que con demasiada frecuencia se tiene la equivocación de creerlo insignificante.
La Historia es el libro de a bordo de la humanidad. Por esta razón es un inventario, y todo inventario debe ser exacto. Extender el de todas las acciones de los hombres, es la misión de los historiadores, y esta misión se limita a eso. Por consiguiente, ellos no se preocupan de ninguno de los imperativos de la moral, excepto de uno solo: la búsqueda de la verdad. Con mayor razón son totalmente ajenos a los de la política, y esto es lo que explica el afán de objetividad que ha presidido todo lo que he escrito sobre la deportación.
La sociología tiene necesidad de saber si se trata no de un genocidio - por otra parte, también la historia, pero solamente para registrarlo - y por este motivo se impone a ella esta discusión en función del número de víctimas y de los medios del crimen.
Respecto al sentido común, se me permitirá abandonar el campo de la historia, de la moral y de la sociología, y descender a la
[284] psicología de las masas. Partiré para ello de la respuesta que una personalidad alemana, cuyo nombre no se menciona, dio el pasado 5 de junio al enviado especial de Le Monde, encargado de una encuesta en Alemania sobre el efecto que había producido la captura de Adolf Eichmann por los servicios secretos israelíes:
«Los alemanes no queremos que se nos sirva en cada desayuno algunos millares de judíos exterminados en los campos de concentración. No queremos oír hablar más de todo esto.»
La personalidad alemana en cuestión, es muy modesta: desde hace quince años no son solamente «algunos millares de judíos exterminados en los campos de concentración» los que se sirven «todas las mañanas en el desayuno» del mundo entero, sino seis míllones y a veces nueve millones (26), como sucedió en Francia en el momento de aparecer el film Nacht und Nebel.
Y no son sólo los alemanes los que están cansados: lo está el mundo entero. Incluso está irritado, pues sabe que eso no es verdad, y, cada vez que encuentra esta cifra en su periódico habitual, la reacción del mundo entero es automáticamente: «Estos judíos, siempre igual...», subrayado por la sonrisa de menosprecio o de indignación que es de rigor.
Es así como en el año de gracia de 1960, nace el antisemitismo en la opinión pública, y es sabido que desde hace siglos el antisemitismo es una de las peores plagas de la humanidad porque lleva muy fácilmente al racismo. Ahora bien, en tanto que se pretenda hacer admitir a la opinión pública que seis millones de judíos han sido exterminados en las cámaras de gas, no habrá ninguna probabilidad de impedir que periódicamente rompan sobre el mundo oleadas de antisemitismo. Todo sucede pues como si aquellos que se aferran irreductiblemente en estas cifras, y les dan una publicidad tan escandalosa, no tuviesen otro afán que el de provocar o mantener campañas antisemitas. El sentido común impone el denunciarles implacablemente como seres peIigrosos que preparan el camino al racismo.
El sentido común se une sin embargo a los imperativos le la moral, cuando se sabe que esta cifra de 6.000.000 de judíos
[285] exterminados en las cámaras de gas, ha sido tenida en cuenta en el cálculo del importe de las reparaciones que Alemania ha sido condenada a pagar al Estado de Israel. Entonces, uno puede extrañarse, al menos, de que el gobierno alemán no haya mostrado mayor preocupación en comprobarlo, aunque sólo fuese para quitar un argumento a los agitadores antisemitas.
Para concluir, diré solamente que no me hago ninguna ilusión: el viejo socialista que soy, será acusado una vez más de haber tratado de reducir al mínimolos crímenes del nazismo, y, como discute una afirmación sin base seria de las autoridades judías, será acusado igualmente de antisemitismo, hasta de racismo. Incluso quizá no se deje de añadir que mis escritos sirven a una política condenada para siempre por los principios fundamentales del humanismo tradicional. Ninguno de mis detractores verá nunca que, en la forma misma que se les ha dado, las acusaciones dirigidas contra el nazismo no solamente le hacen el juego a él en la medida en que no corresponden a la verdad, sino que incluso recaen en definitiva sobre el pueblo alemán. Ninguno verá tampoco que, en estas condiciones, lo que yo defiendo es al pueblo alemán y no al nazismo, al cual, por corolario, sólo la verdad pura y simple - ¡esto ya basta, Dios! - puede impedir el renacimiento. Y todos continuarán defendiendo esta infamia, afianzada por la literatura sobre los campos de concentración, que consiste, por ejemplo, en inscribir sobre todos los monumentos erigidos a la memoria de la resistencia en toda Francia, esta odiosa frase: «A las víctimas de la barbarie alemana», en lugar de «A las víctimas de la barbarie nazi», o de la que sería la única razonable: «A las víctimas de la barbarie guerrera».
Me resignaré a esto: es el destino de los que buscan la verdad el resultar sospechosos de segundas intenciones, y siempre habrá por lo menos un necio para pedir al Papa la condena de Galileo.
Por otra parte, siempre me será fácil responder que esta política condenada efectivamente por los principios fundamentales del humanismo tradicional, hoy sólo encuentra razones para renacer y prosperar en las exageraciones a ultranza de demasiada gente cuyo único móvil es el resentimiento o la venganza, y cuya política, en consecuencia, no es mucho mejor.
Tras lo cual, me bastará con mencionar a Sócrates, que nunca se preocupó de saber si su filosofía servía o no a la política de los Treinta Tiranos.
[287]
«Las
armas del enemigo no son tan mortíferas comno las mentiras
con las que los jefes de las víctimas llenan el mundo;
el canto odioso del enemigo es menos desagradable al oído
que las frases que, como una saliva repugnante, manan de los
libros de los necrólogos.»
Manès SPERBER. (Et le Buisson devint cendre.)
Ambas partes de esta obra han sido publicadas separadamente:
-- la primera, o la experiencia vivida (El paso de la línea) en 1949,
-- la segunda, o la experiencia de los otros (La mentira de Ulises propiamente dicha) en 1950, bajo la forma de un estudio crítico de la literatura de los campos de concentración, pues pensé que, en un asunto tan delicado, convenía administrar la verdad a pequeñas dosis.
De esta disposición de ánimo han intentado aprovecharse algunos para sembrar la desconfianza sobre mis intenciones. Si El paso de la línea, generalmente acogido con simpatía, sólo provocó vagos rechinamientos de dientes, y sin consecuencias, de determinado sector, La mentira de Ulises fue causa efectivamente de una violenta campaña de prensa cuyo origen estaba en la misma Asamblea Nacional.
Paralelamente, Albert Paraz, autor del prefacio, el editor y yo mismo, fuimos llevados ante el Juzgado, (donde salimos absueltos, y después ante el Tribunal de Apelación, donde fuimos condenados (27) aunque el propio fiscal general, haciendo justicia a nuestras conclusiones, pidiese la confirmación pura y simple del juicio de faltas.
Al Tribunal de Casación corresponde ahora el resolver el litigio,
[288] pero la opinión pública, a la que se informa en sentido único, está desorientada, y, por poco inclinada que esté a intervenir en la polémica, se ha hecho indispensable el desenmarañar para ella las circunstancias bastante confusas que han creado el clima de este asunto. Así se matarán dos pájaros de un tiro, pues no se puede dejar de poner al mismo tiempo ante los ojos del lector las pruebas convincentes (28).
Al llegar en pleno debate sobre la amnistía, La mentira de Ulises, que la justificaba a su manera, fue acogida por algunos como un asunto especialmente político, y es por este lado sutil por el que se le intentó dar ese carácter exclusivo.
Por una enfadosa casualidad, el prefacio de Albert Paraz contenía un aserto jurídicamente insostenible (29) respecto a las circunstancias del arresto y deportación del señor Michelet, en aquel entonces diputado y líder parlamentario del R.P.F. El señor Guérin, entonces diputado del M.R.P. de Lyon, se aprovechó de esto no para protestar contra la publicación de la obra, a pesar de que hábilmente lo haya aparentado, sino para intentar desacreditar a uno de los principales militantes que le hacía la más temible competencia electoral. Así pues, La mentira de Ulises fue explotada primeramente por un movimiento político contra otro, y ya había bastante para hacer desesperar al historiador...
Fue durante una intervención incidental del señor Guérin, cuando se incorporó la acción extraparlamentaria con miras a impresionar a la opinión pública. En la Asamblea Nacional, el diputado de Lyon me incluyó entre «los responsables de la colaboración con el ocupante y los apologistas de la traición» (30).
Patéticamente, había exclamado:
«Parece, mis queridos colegas, como si no hubiese habido nunca cámaras de gas en los campos de concentración... Eso es lo que se puede leer en este libro.» (J.O. del 2 de noviembre de 1950. Debates parlamentarios.)
[289]
¡El señor Guérin no leyó la obra!
Sin leer más, todos los periódicos en los que causan estragos los periodistas improvisados por cierta resistencia (31) tras la liberación, continuaron el tema y me hicieron decir las cosas más inverosímiles.
Tres asociaciones de deportados, internados y víctimas de la ocupación alemana, pidieron al Juzgado de Bourg-en-Bresse que ordenase el secuestro del libro, la destrucción de los ejemplares ya puestos en venta, y nos condenase en conjunto a la ligera suma de un millón de francos por daños y perjuicios. Más prudente, el Comité de a